La sonrisa etrusca (película)

Un viejo escocés, Rory MacNeil, tiene marchar a San Francisco para ser tratado de un cáncer terminal. Allí se reencontrará con su hijo reconvertido en cocinero molecular -algo poco comprensible para un testarudo sureño-, y vivirá la experiencia transformadora de convertirse en abuelo por sorpresa. Una historia que comienza en tono de comedia y se va convirtiendo en una sencilla invitación a la reflexión sobre la vida (¿o el final de la vida?). Con el lujo de contar con la dirección fotográfica del guipuzcoano Javier Aguirresarobe, un especialista en captar almas sufrientes, la película se basa en la novela homónima de José Luis Sampedro y hace referencia a las estatuas de terracota que tienen una sonrisa especial que alude a la muerte feliz.
Hacía tiempo que no escribía en el blog sobre películas relacionadas con el cáncer, quizá porque no es un tema interesante, divertido ni comercial. Sin embargo, disfrutar algún día de la jornada intensiva para revisar películas y libros antiguos es un placer que permite doblemente del tiempo.

La soledad que sufren muchos enfermos al enfrentarse a la vida que les queda, sea la que sea, es una muerte en vida. Nadie debería enfrentarse solo a este trance, a menos que sea su decisión. El problema principal es el miedo al recorrido que conllevan los tratamientos, la consciencia de cómo las fuerzas se merman (aunque sea temporalmente) y la posibilidad de enfrentarse al más allá sin una mano cálida que nos acompañe aun a sabiendas de emprender el último viaje en soledad.

La posibilidad de dejar un legado. Los abuelos sueñan con dejar propiedades a sus hijos y una mejor vida que la que ellos tuvieron, aunque malvivan cuando lo que deben es disfrutar de los frutos de una vida trabajada y sufrida. Más allá de lo material, el sueño de cualquiera que ve su vida temblar antes de tiempo es, sin duda, la necesidad de traspasar inmateriales: la historia de un tatarabuelo héroe en la primera guerra mundial, las canciones compuestas por la tía con música adelantada a su época, las recetas de la abuela con las medidas propias de “puñado” o el amor por el arte transmitido generación tras generación.

La necesidad de disfrutar del tiempo. Hace años me dijeron que la frase “nadie se muere el día de antes” era un proverbio chino. No sé si es cierto pero sí que cuando te sucede algo contradictorio en la vida y piensas que podrías no vivir, das gracias hasta de las contrariedades. Rory MacNeil disfruta cuando su nieto empieza a andar, planta en un jardín o conversa con su hijo del que ha estado separado más de quince años. Porque lo importante de la vida está en aquellos pequeños momentos que nos hacen mejores personas y eso es en compañía. Nadie debería morirse solo, aunque todos necesitemos de una soledad pudorosa.

Y efectivamente, como el abuelo le advierte a su nieto “no pienses que habrá un tiempo mejor, nunca lo habrá”. Aunque no tengas cáncer, aunque la salud te acompañe, afrontes toda una trayectoria profesional, disfrutes de una vida compartida feliz y un viaje a la Escocia, Italia o Elizondo por descubrir, recuerda que todo lo bueno está dentro de ti.

 

Algunas frases para recordar:

- “Las luces no dejan ver las estrellas”
- “La mejor forma de domar a un caballo es cortarle las pelotas”
- “Si dependiera de ti, el mundo no cambiaría”
- “No fue capaz de hablarme con claridad, tengo cáncer”
- ¿Miedo del dolor? Usted no conoce a los escoceses
- “Haz lo que amas antes de que tengas un pie en la tumba y sea tarde”
- “Me gustaría tenerte en mi vida, en lo que queda…”
- “No quiero vivir sin sentir nada”
- “Mira siempre las estrellas, te mostrarán el camino”
- “Lo importante es que si amas a alguien, debes decírselo”
- “No pienses que habrá un momento mejor, nunca lo habrá”